|
Escrito por Oscar Espinosa Chepe
 |
Cuando el General Raúl Castro asumió el poder provisional a finales
de julio de 2006 no pocos analistas nacionales e
internacionales, al tanto de sus características personales
y de la grave situación en que recibía el país, pensaron en
la probabilidad del inicio de cambios económicos en Cuba. |
| |
|
El más joven de los Castro, a quien se atribuye pragmatismo,
métodos de trabajo colectivo, planificación de los objetivos a
alcanzar y, como él ha dicho en varias oportunidades ¨medir dos
veces antes de cortar¨, inspiraba un optimismo cauteloso.
A esas expectativas originadas inicialmente se sumaron criterios
vertidos en sus escasos y breves discursos, sobre todo el
pronunciado el 26 de julio de 2007, donde se refirió con crudeza
y realismo a los problemas existentes. Llegó a reconocer que
los salarios percibidos por los trabajadores cubanos son
insuficientes, el estado catastrófico de la agricultura cubana
con la mayoría de las tierras cultivables llenas de malezas, así
como anunció la posibilidad de realizar cambios estructurales y
de conceptos. Ese discurso, luego de discutirse ampliamente en
todo el país, concitó esperanzas en amplios sectores sociales
de que se realizarían cambios económicos, consistentes
fundamentalmente en la liberación de las
fuerzas productivas, factor indispensable para
una mejoría sustancial de las condiciones de vida de los
cubanos. Al asumir efectivamente como Presidente de los Consejos
de Estado y de Ministros el pasado 24 de febrero, con un
discurso realista admitió la existencia de prohibiciones
absurdas, como él las calificara, que debían ser suprimidas.
Manifestación que fortaleció las esperanzas de cambios.
Semanas después empezaron a tomarse medidas, que sin ser de gran
calado, como la venta a la población de teléfonos celulares,
computadoras y otros efectos electrodomésticos, así como el
levantamiento de la prohibición a los cubanos para alojarse en
los hoteles, hasta ese momento destinados únicamente a los
turistas- todo mediante pago en pesos convertibles-, estimularon
el crecimiento de las expectativas al ser interpretadas estas
medidas como la antesala de reformas más importantes.
De hecho, algunos dirigentes expresaron a la prensa que pronto
se entregarían masivamente tierras en usufructo a quienes las
desearan cultivar. Mientras personalidades muy cercanas al
entorno de Raúl Castro se pronunciaron abiertamente sobre la
aplicación de medidas para facilitar la salida de los cubanos al
exterior y su posterior regreso, entre otros pasos que hicieran
algo más llevadera la vida de la población. .
Lamentablemente, todos los cambios se han paralizado desde hace
semanas y prácticamente la prensa dejó de hablar sobre las
eventuales reformas. Por el contrario, se ha iniciado un proceso
de persecución contra las personas vinculadas al sector
emergente de la economía, que obligadas por las circunstancias
actúan al margen de la legalidad impuesta por el gobierno.
Asimismo, está en vigor una fuerte campaña contra las llamadas
indisciplinas sociales, que realmente han crecido últimamente, y
se intenta fortalecer el sentimiento sobre el peligro del
enemigo externo y sus supuestos agentes nacionales.
Tal parece que está vigente una especie de contrarreforma, que
impida el progreso de la sociedad cubana y los cambios
estructurales y de conceptos, indispensables para mejorar las
condiciones de vida de los ciudadanos. A finales de abril, se
realizó un pleno del Partido Comunista de Cuba, que luego de
cambios en sus estructuras, convocó su próximo congreso para
finales de 2009. Llama la atención que poco se habla en los
medios de difusión sobre ese evento, y que Fidel Castro, aún su
Primer Secretario, no haya dedicado ninguna de sus Reflexiones a
este crucial acontecimiento.
Nadie puede estar de acuerdo con el apedreamiento de ómnibus, la
destrucción de teléfonos públicos, el robo de las estructuras y
los cables de las torres de alta tensión, ni el crecimiento
desmesurado de acciones ilícitas y de la corrupción. Pero está
claro que todo ese proceso de cuasi- anarquía en acelerado
desarrollo responde a la existencia de una sociedad en
descomposición, incapaz de ofrecer un futuro viable a los
cubanos.
Al mismo tiempo que debe criticarse los hechos vandálicos, hay
que subrayar que son parte de problemas sociales muy serios
provocados por un sistema disfuncional. La población,
especialmente la juventud, descarga su ira e impotencia de forma
inadecuada, pero con un sustrato provocado por las propias
autoridades.
También existen cientos de miles de jóvenes que no quieren
trabajar para el Estado, porque no hay condiciones ni salarios
aceptables en los centros laborales, lo cual ha reconocido hasta
el Presidente Raúl Castro. Este problema, como los antes
mencionados, no se puede resolver mediante la fuerza y la
represión, sino a través de estímulos a las personas para que
trabajen con confianza en el futuro.
Todo indica que ese criterio no es compartido por las
autoridades que en las últimas semanas han desplegado operativos
a nivel nacional contra el sector informal. Sólo en la ciudad
de La Habana han impuesto 56 900 multas, clausurado 72 fábricas
clandestinas y 31 talleres, y hasta han arremetido contra los
vendedores ambulantes, muchos de ellos ancianos de escasos
recursos, y los ¨buzos¨ o buscadores en los basureros de
materias primas reciclables.
Indudablemente sería óptimo que todo el mundo trabajara
legalmente, pero el Estado totalitario no lo permite, empeñado
en controlar hasta el último resquicio de la sociedad cubana.
Sería lógico crear a estas personas un marco legal para
desarrollar sus trabajos, en el cual ellos se beneficiaran,
ofrecieran bienes a la población y tributaran mediante
impuestos.
Pero asistimos a un proceso que podría terminar las
aspiraciones de cambios del pueblo generadas por Raúl Castro,
con el consiguiente incremento de la frustración de la
población. Esta contrarreforma está haciendo crecer aún más los
sentimientos contrarios al régimen, y podría transformarse en
mayor anarquía y desobediencia social, para lo cual los
dirigentes al carecer de autoridad moral, posiblemente tomarán
el
camino equivocado de ejercer mayor represión, en
vez de comenzar las indispensables transformaciones que con
urgencia requiere el país.
Oscar Espinosa Chepe es economista y periodista Independiente.
|