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Afirma que, dada la promesa del cargo, preparó su gabinete con
dirigentes de su partido. Grande fue su sorpresa cuando se
enteró que lo dejaron como Perico en la estaca. Dice que le
dieron un “tumbe”.
El único que puede dar un “tumbe” es el presidente de la
República, porque es él quien quita y pone.
Un “tumbe”, en el lenguaje “moderno” de los capos de la drogas,
(parece que también los hay en la política), es una especie de
“capú y no te abaje” de los años 60 cuando los niños correteaban
por las indefensas calles de los barrios del país.
El “tumbe” va acompañado de violencia. Los que producen el
“tumbe” suelen no dejar testigos.
La degradación moral que afecta nuestra sociedad parece permear
todos los estamentos del Estado. La corrupción y el crimen no
dejan ya espacios para la ética y la moral, lo que permite,
entre otras cosas, que el lenguaje y la práctica de políticos y
capos sean parecidos, que haya entre ellos algún paralelismo.
Porque como bien dice María Lucia Silva Barroco en su libro,
Etica y Servicio Social: Fundamentos Ontológicos: “Cuando la
ética no ejerce esa función crítica puede contribuir, de modo
peculiar, para la reproducción de componentes alienantes; puede
ubicarse como espacio de prescripciones morales; favorecer la
ideología dominante; oscurecer los nexos y las contradicciones
de la realidad; fortalecer el dogmatismo y la dominación;
remitir los valores para un origen trascendente a la historia;
fundamentar proyectos conservadores; actuar de manera tal que no
supera la inmediaticidad de los hechos; ultrapasarlos pero no
aprehender la totalidad, contribuyendo para que los hombres no
se autorreconozcan como sujetos éticos”, que es justamente lo
que está ocurriendo en nuestro país. Los de arriba, los que
gobiernan hoy, patrocinan, de modos distintos, la corrupción,
presentándola de algún modo, como algo legitimo y cultural.
La inmoralidad que lo degrada todo, incluso la política, también
es un instrumento de poder, desde el poder. Esa práctica no
tiene nada de novedoso en el mundo, ni siquiera en nuestro país.
El doctor Balaguer hizo de la corrupción una forma de mantenerse
en el poder indefinidamente. Lo corrompió todo a un grado tal,
que él mismo admitió que descubría “un corrupto todos los días
en la administración pública”. Pero no los sometía a la justicia.
Al contrario, los protegía. Es más, llegó a decir, sin ningún
desparpajo, que “la corrupción solo se detiene en la puerta de
mi despacho”. Lo que no sabíamos era si la puerta se cerraba por
dentro o por fuera. Como no lo sabemos hoy. (¿?)
El nombramiento de José Francisco Peña Guaba en la Lotería
Nacional, “la amiga del pobre y del rico”, es una muestra de la
degradación política. Ese señor descuartizó al Inespre, un
organismo que jugó un rol de primer orden durante el gobierno de
Hipólito Mejía a través de los mercados populares, distribuyendo
alimentos a bajos precios, protegiendo tanto el productor
agrícola como al consumidor. Por sus acciones en el Inespre, al
señor Peña Guaba no merecía un premio, merecía un sometimiento.
Lo del “tumbe” no me sorprende. Este gobierno marcha de tumbo en
tumbo y de “tumbe” en “tumbe”. ¿Acaso el préstamo de 130
millones de dólares a la Sun Land sin pasar por el Congreso
Nacional no fue un tumbe?
No sólo el líder máximo del Partido Nacional Renacentista ha
sido víctima de un tumbe. Danilo Medina también fue víctima de
un “tumbe” durante las elecciones internas del PLD.
Hay quienes dicen que Jaime David Fernández Mirabal no sale de
su asombro por el “tumbe” que le han propinado, pues estaba
seguro de ir a la secretaria de Agricultura o Salud Pública,
pero lo enviaron a un ministerio misterioso y sombrío donde
tendría serios problemas con los dueños del país que depredan
los ríos y los bosques con la protección oficial.
Pero el “tumbe” grande se lo dieron al pueblo dominicano el 16
de mayo de este mismo año.
Puede decirse que ése fue el tumbe de los tumbes.
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